Remedios sufría. Sufría por los niños, por sus madres, por los pájaros y los árboles. Cuando Remedios veía dolor, sufría. Le dolían las lágrimas de los niños, las quejas de las madres, el tiritar de los pájaros y la sequedad de los árboles, y compensaba con su generosa entrega las carencias que podía, por más que supiera que en la mayoría de los casos no era más que parchear vías de agua de la rajada estructura social. Remedios era el niño, la madre, el pájaro, el árbol, era todo aquello que en su alrededor crujía, lloraba, tiritaba o se hería.

Incapaz de ahuyentar de sí esta infinita condolencia, Remedios se volcaba más y más, hasta el punto de que un día, rebuscando monedas sueltas en el monedero, un desaliñado señor de larga barba sentado en el suelo y sin zapatos le dijo: “Señora, por favor, écheme una mano.” Sin el más leve pestañeo, con su mano izquierda tomó la derecha y de un fuerte tirón la arrancó de cuajo y se la entregó a aquel hombre al que jamás había visto, quien admirado por tal muestra de sacrificio agradeció el gesto, cogió la mano de Remedios y se marchó a toda prisa, como si algo horrible fuera a suceder. Remedios, sin comprender muy bien tal comportamiento, pensó que su mano había sido de gran ayuda para aquel señor, pues por lo pronto le había sacado de la mendicidad. La media sonrisa en su cara producto del buen gesto quedaba aplacada por el dolor del desgarro en su carne. Creo importante señalar que Remedios hasta aquel día nunca había sido zurda.

Cuando fue a coger el autobús se topó Remedios con el primer contratiempo, sacar con una sola mano el monedero del bolso, al que luego sucedieron otros muchos: pulsar el botón de aviso de parada mientras el autobús estaba en marcha, sorteando en los frenazos a los hacinados viajeros, buscar las llaves de casa, desabotonarse el abrigo; sin embargo, esquivó aquel cúmulo de adversidades con su mejor cara. Llegó a casa y se dispuso a preparar la comida. No tardó mucho en aprender a encender la cocina: primero había que abrir el gas, después sacar una cerilla de la caja que debía ser apoyada de canto contra el frigorífico, y así, de una rápida sacudida, frotarla sobre la lija y con cuidado de no quemarse debido a la acumulación de gas, encender el fogón. Como estaba un poco cansada de su recién estrenada minusvalía, optó por no pelar los calabacines ni las patatas: un poco más de sustancia en el puré le aportarían las vitaminas necesarias en un día de tanto trasiego. Al menos la batidora era de fácil manejo. Entre estas y otra hazañas transcurrió su primer día desbrazada y aunque estaba bastante satisfecha de sí misma, algo le faltaba.

Al día siguiente, tras tardar más de lo previsto en ducharse, desayunar, vestirse y peinarse, echó de menos su querida mano derecha pero agradeció que aún le quedara la izquierda, incluso agradeció que aquel hombre desaliñado al que, insisto, jamás había visto, no se la pidiera; aunque pensándolo mejor no habría tenido mano con que arrancársela. Bien es cierto que conociéndose como se conocía, muy capaz era ella de haber pedido el favor al hombre de que se sirviera él mismo. Gracias a la tremenda capacidad de adaptación de Remedios en seguida se rehízo de su pérdida, volviendo en no muchos días a descubrir entre la muchedumbre los pañuelos humedecidos por las lágrimas y en los bosques los pinos resecos. Decidió prescindir del monedero, artículo inútil que cada día regresaba vacío a casa: mejor llevar las monedas más a mano. Descubrió que en los pantalones de grandes bolsillos podía agolpar los artículos que precisaba para sus dadivosas andanzas.

Una vez restablecida de su voluntaria amputación, Remedios recibió en casa la visita de una vecina que acudía con su hija de dieciocho meses dormida en un cochecito. Con su única mano preparó un café que sirvió con la dulzura que le caracterizaba y se dispuso a escuchar lo que aquella joven mujer venía a decir: “Remedios, tengo que salir y no tengo a nadie que se haga cargo de la niña. ¿Te importa echármela un ojo?”

Mentiría si dijera que Remedios esta vez no pestañeó. Pestañeó, yo diría que pestañeó varias veces, incluso decenas de veces, pero una vez hubo finalizado de pestañear, dirigió su única mano al ojo izquierdo, seguramente para compensar, y lo echó sobre el cochecito de la niña, con el suficiente recato como para no sacar a la criatura del sueño en que estaba sumida. Nuevamente, como el hombre desaliñado al que jamás antes había visto, la madre agradeció el gesto y se marchó de allí a toda prisa. Remedios, que no comprendía las estampidas tras sus magnánimos gestos, supuso que habría recordado alguna urgencia que con anterioridad hubiera olvidado. Cuando minutos más tarde quiso encender el fogón encontró grandes dificultades para atinar en la lija con las cerillas, descabezando algunas de ellas sobre la encimera: “me falta perspectiva” pensó Remedios, “a mansalva” añadió.

Al salir al día siguiente a buscar niños, pajarillos y demás desconsuelos sufrió varios accidentes y como siempre caía sobre la misma mano, acabó torciéndosela. Caídas, resbalones, golpetazos, empujones, incluso pescozones de aquellos que por su ubicación no pudieron vislumbrar la creciente discapacidad de Remedios. Por vez primera en su no muy larga existencia cruzó por su mente un pensamiento egoísta: necesito otra mano, y otro ojo. Y sin pestañear, esta vez sí, se abalanzó sobre los transeúntes a clamar por sus necesidades: “Perdone señora, ¿le sobra una mano? Caballero, ese ojo no me vendría mal. Hace juego con el que me queda”. Las caídas, pescozones y empujones se recrudecieron, así que Remedios prefirió volverse a casa a reconstituirse y reflexionar sobre los extraños acontecimientos que últimamente le venían sucediendo.

Ahora Remedios veía a los pajarillos, pero más lejos de lo que con anterioridad los observaba, y cuando en el parque escuchaba el llanto de un niño no lo percibía con la estridencia del pasado. Algo estaba cambiando en su manera de ver el mundo. Se sentía aturdida, confusa. Alguna idea se le descuadraba del perfecto puzzle que desde niña había construido respecto a lo que era correcto y lo que no, a lo que debía hacerse y pensarse. Sentada en el bordillo de la acera se preguntaba qué hacer a partir de ahora. ¿Y si alguien le pidiera otra mano, u otro ojo? ¿Cómo encendería el fogón de la cocina?  Pero, ¿qué alimentos iría a cocinar sin ni siquiera una mano para coger el bastón de ciega que le permitiera llegar a la pescadería? Enmarañada en esta vorágine de pensamientos le sobrevino una frase que atronó en su cabeza: No puedes dar todo lo que te pidan.

Pensarán los lectores que es absolutamente normal que en las circunstancias en que Remedios se encontraba hubiera brotado en su pensar esta idea, e incluso a muchos de ustedes les parecerá estúpido que no se le hubiera ocurrido antes. Sin embargo lo que Remedios hizo con estas ocho palabras, con estas veintisiete letras, fue lo que solemos hacer con las servilletas de papel una vez nos hemos limpiado con ellas el tomate de las comisuras: hacerla una pelota y tirarla a la papelera más cercana. Decidió entonces Remedios que si la visión de los pajarillos se le hacía compleja a cierta distancia, con comprar unas gafas graduadas el problema quedaba resuelto; además, sólo pagaría una lente. Y que si no le eran fácilmente perceptibles los llantos de los niños se aprovisionaría de un audífono de gran alcance. Con estos artilugios compensaba la carencia sensitiva, puesto que la física era irrecuperable, si bien la necesidad de mantener el ritmo de trabajo que tenía antes de la lesión, por llamarlo de alguna manera, le obligó a incrementar la agilidad de su mano superviviente y la agudeza de su único ojo. De este modo pudo Remedios arrojarse de nuevo a rescatar mendigos de entre sus mantas raídas, gatos de entre las ramas más altas, y otros menesteres que ustedes, llegados a estas alturas del relato podrán, sin mucho esfuerzo, imaginar.

Pasaron bastantes meses sin que ninguna persona de aquellas que por Remedios eran ayudadas osara pedir, ni sugerir o mencionar siquiera, alguna cosa que pudiera ser considerada como extirpable, lo que le permitió ir poco a poco afianzándose en su quehacer; se habituó a ponerse y quitarse con su zurda las gafas de una sola lente de aumento, a afinar el sensor del audífono para detectar llantos semiocultos si no fuera por los avances de la tecnología, a encender cerillas con un golpe certero en la lija, no ya de la caja de cerillas, demasiado angosta para atinar tuerta, sino de otra de quince centímetros cuadrados adherida con papel de celofán al lateral de la nevera.

Un día de primavera que Remedios escudriñaba los suburbios topó al doblar una esquina con una mujer ciega, deteniéndose en el acto por si hubiera alguna herida abierta que curar o torcedura que vendar. La mujer, de avanzada edad, no pudo vislumbrar las múltiples carencias que la viandante acarreaba, así que tiró del repertorio habitual: “Por compasión. Compre un cuponcito ¿Es que no tiene corazón?” Remedios, estupefacta, no podía vocalizar. No podía pensar. Los latidos del pecho percutieron contra la caja torácica hasta el dolor, bombeando con tal intensidad que le temblaron las piernas por exceso de riego. Petrificada, no pestañeó, no respiró, sólo una fría agitación interna escarchó todo su ser, congelando capilares, arterias, cartílagos, uñas, tejido intestinal. De repente las ocho palabras, las veintisiete letras,  reflotaron de no se sabe dónde, quizá del baúl que a cal y canto había sumergido en el más profundo sótano de su memoria. Y nuevamente, Remedios, hizo una bola con ello y lo tiró a una papelera, se abrió el vestido e introdujo sus dedos entre sus costillas. Tuvo ganas de chillar pero se contuvo. Horadó hasta sentir en las yemas el rojo y viscoso pálpito. Enredó entonces sus cinco dedos en su corazón y tiró con fuerza: ya conocía el modo de hacerlo. En los escasos instantes que permaneció de pie antes de que su cráneo impactara contra el pavimento pudo encontrar, como en tantas y tantas ocasiones con anterioridad había encontrado, las palabras exactas para estas circunstancias tan poco favorables: “¿Cómo puede usted dudarlo señora? Cójalo, que sé que no puede verlo”. Buscó el regazo de la anciana señora, depositó en él su más preciado bien y se dispuso a partir hacia algún lugar sin tantas exigencias.