Tercera charla: Las pérdidas

 

En nuestros dos anteriores encuentros, donde tratamos los sentimientos de culpa y el amor, vimos que estos conceptos quedaban entrelazados con la pérdida.

 

Al tratar del deseo de encontrar el amor absoluto, la búsqueda obsesiva de este objetivo vital puede llegar a hacer el camino amoroso intransitable, quedando el sujeto capturado en una demanda sin fin de un amor sin fisuras ni desencuentros, sin frustraciones: sin pérdida. (…) Las pérdidas y renuncias, en el amor quedan compensadas, negativizadas. Mis carencias vitales desaparecen si soy amado/a. Y cuando tocamos el escabroso asunto de los celos, estos se plantearon como la respuesta hostil producida ante una pérdida de amor, dirigida hacia un rival, aquel que creemos que posee la cualidad deseada por nuestro partenaire de la que nosotros carecemos.

 

En relación a las dificultades sexuales, señalamos un caso clínico donde la pérdida parece que era aquello que pudiera movilizar el deseo: “Si me dejara mi mujer, si me amenazara con separarse yo cambiaría”. Una separación que movilizara el deseo de recuperar lo extraviado, lo perdido. Porque para que haya deseo debe haber pérdida: no echamos de menos lo que tenemos. Es en el menos de donde surge el deseo. Y cuando abordamos la dificultad de afrontar lo parcial del amor, lo incompleto, vimos que no arriesgar es una tentativa de no perder. Aunque este intento es fallido, porque en la realidad, algún tipo de pérdida acaba produciéndose, decíamos. Sujetos con una ostensible dificultad a aceptar la pérdida, encuentran en el amor un obstáculo de enormes dimensiones. Dándose incluso la circunstancia de se elegida una pareja de menor capacidad intelectual, económica o física para asegurar la permanencia del objeto.

 

El sentimiento de culpa también quedaba intrincado con la pérdida. Cuando tras una pérdida, esto es, la desaparición irreparable de un objeto importante surgen los sentimientos de culpa, pueden estos ser interpretados como un intento de sostener en el tiempo el vínculo con lo perdido más allá de su desvanecimiento, haciendo perdurar el lazo que nos unía a eso que perdimos. El duelo (que se diferencia de la melancolía en que en el primero hay un objeto de la realidad perdido, se sabe lo que se perdió) puede acarrear poderosos sentimientos de culpa como reacción a una pérdida. Si ante cualquier objeto que hemos dejado de tener, respondemos con sentimientos de culpa, algún efecto han de procurarnos estos penosos afectos. El dolor que la separación produce debido a la ruptura con un objeto (puede ser un artefacto, una persona, un ideal…) pone en funcionamiento una serie de mecanismos psíquicos para amortiguar el impacto que tal mutilación ha producido. En el duelo patológico la pérdida se hace por completo inasumible. Algo nuestro se ha perdido con la desaparición que ha acontecido en la realidad, hasta el punto de que no podemos proseguir nuestro camino sin ello. El desprendimiento se ha hecho inelaborable.

 

En nuestro último encuentro que versó sobre el amor —el cual no pudimos finalizar—, quedaban incluidas unas palabras que entroncaban con lo que hoy se quiere plantear. En relación a la pérdida del amor, o más exactamente, la pérdida del amado, escribe Nasio que el dolor psíquico o dolor de amar es el afecto que resulta de la ruptura brutal del lazo que nos vincula con el ser o la cosa amados, lo que suscita inmediatamente un sufrimiento interior vivido como un grito mudo que emana desde las entrañas. Freud sitúa este padecimiento en su obra El malestar en la cultura, con estas palabras: “Desde tres lados amenaza el sufrimiento: desde el cuerpo, desde el mundo exterior y desde los vínculos con otros seres humanos (…) Nunca estamos más desprotegidos que cuando amamos, nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido el objeto del amado o su amor”. Cuando hemos perdido al objeto de amor el yo se levanta, apela con todas sus fuerzas vivas y las concentra en un solo punto: la representación psíquica del amado perdido. El yo se concentra en mantener viva la imagen mental del desaparecido, compensando la ausencia real del otro perdido magnificando su imagen, olvidándose del mundo exterior. El dolor mental surge de un doble proceso: el yo desinviste la cuasitotalidad de las representaciones para sobreinvestir la única representación del amado que ya no está. Hacer un duelo significa desinvestir la representación saturada del amado perdido para volverla conciliable con el conjunto de la red de las representaciones yoicas. Desinvestir significa retirar el exceso de afecto, reposicionarla entre las otras representaciones e investirla de modo diferente. El duelo, ese penoso proceso de desamor hacia el desaparecido para amarlo de otro modo, es esa lenta redistribución. Que sea un año la duración que a veces se nos impone del duelo, tiene que ver —según he podido comprobar en la consulta— con un transitar por el calendario todas las fechas señaladas. Cada vez que pasamos por esas fechas señaladas que nos unían al fallecido o la persona perdida, vamos poniendo un poco de ungüento sobre nuestro dolor. Lo que hace daño no es la pérdida en sí, sino el hecho de seguir amando, aún con más devoción que antes, lo perdido. Tal es el dolor que puede causar la pérdida que la negación puede venir a amortiguar el impacto de la desaparición. Pero ¿qué perdemos al perder al amado? Al perder el cuerpo viviente del otro, prosigue Nasio,  perdemos una de las fuentes que nutren nuestro deseo. De ahí la caida del deseo tras la pérdida que no logra amarrarse a otro objeto. El duelo es, por lo tanto, la reacción a la pérdida de un objeto de amor. Dice Lacan: “Estamos de duelo por aquellos para los que hemos sido su objeto faltante”. No se trata de la persona del difunto sino de su imagen representada en mi inconsciente: lo que el otro significaba para mí. Es de lo que lo desaparecido significaba para mí de lo que ha de hacerse el duelo. En relación al duelo patológico, este puede ser entendido como una manera de intentar resucitar en vano al fallecido, siendo las manifestaciones de dolor, dice Nasio, lo que lo mantiene vivo; un dolor como homenaje al muerto. También es obligado señalar de nuevo el concepto de ventaja secundaria de la enfermedad, donde el sujeto que ha sufrido puede llegar a enarbolar la bandera victimista de su padecimiento para obtener ciertas recompensas. Perder es una jugada que si jugamos bien puede producir ciertos beneficios.

 

Puesto que el duelo y la pérdida guardan una íntima relación con la tristeza, vamos a tratar de entrar en este penoso afecto a través de la poesía. En respuesta a la petición de un lector donde me instaba a explicar el poema “La poda”, voy a intentar destripar someramente el proceso de elaboración de este pequeño escrito con un fuerte transfondo psicológico. Trascribo, en primer lugar, el texto:

 

La poda

Una lágrima de resina

ahorcada del tajo en una rama:

degolló la tijera su camino.

Incapaz de volver,

ámbar ahora.

De este corte es siempre

                                                                       la tristeza.

Arranque del poema

 

 Surge el contenido de una visión harto recurrente en quienes cuidamos arizónicas: una gota cristalizada de forma ovalada (una lágrima de resina) adherida al punto de corte de una rama (ahorcada del tajo en una rama) algunos meses después de haber sido podada (degolló la tijera su camino); esta imagen se me adhiere y exige con insistencia ser elaborada (uno solo sabe por qué esto sucede tiempo después de finalizado el escrito; a veces, nunca es conocida la causa de dicha necesidad) Según van transcurriendo los meses, la dureza de la gota cada vez más reseca de resina, fuerza el poema.

 

La tristeza

 

En su crucial escrito Duelo y melancolía, Freud analiza la diferencia entre estas afecciones del ánimo, definiendo el duelo como la respuesta ante la pérdida de un objeto, mientras que la melancolía se debe a una pérdida sin objeto. Si el objeto perdido en el duelo es fácilmente discernible, el objeto perdido en la melancolía es desconocido. La tristeza melancólica que puede desembocar en procesos depresivos severos, queda explicada como la reacción ante una pérdida aunque no se sepa con exactitud qué se he perdido. Si el dolor del duelo es consecuencia de la desaparición de un ser querido, el dolor melancólico apunta a algo querido pero desconocido que ha dejado de estar.

 

La incapacidad de elaborar dicha pérdida (Incapaz de volver) y canalizar la libido —que en el caso que nos compete correspondería a la savia en busca de otras ramas hacia las que dirigirse para revitalizar el árbol— hacia un nuevo objeto sustituto, recambio del que se ha perdido—, hace que el sujeto quede a la espera, fijado a un objeto desaparecido y por lo tanto inalcanzable, petrificado al borde de un precipicio (ámbar ahora), del vacío dejado por el objeto ya inexistente que irrumpe en lo real del cuerpo en forma de angustia, al no poder realizarse el trabajo simbólico que permitiría una reorganización de los objetos pulsionales. Sin esta recanalización, facilitada por el trabajo elaborativo, la tristeza se presentifica dando cuenta de una pérdida en el ser del sujeto a la espera de ser tramitada.

 

El corte (De este corte es siempre la tristeza) que separa al sujeto del objeto, escisión necesaria para que el surgimiento de la subjetividad se posibilite, puede adquirir connotaciones traumáticas cuando el sujeto no dispone de las herramientas necesarias para procesar la ruptura. Los sucesivos momentos desde que el infans nace hasta que alcanza la subjetividad y se hace cargo de su deseo, facilitan que los procesos de pérdida se lleven a cabo con cierta naturalidad. Cuando se carece de los instrumentos que permiten elaborar las separaciones —siempre con algún grado de padecimiento— la tristeza puede empujar al sujeto hasta la patología.

 

Caso clínico:

 

Una mujer de cerca de treinta años se presenta en consulta mostrando un gran padecimiento debido a la muerte traumática de su pareja sentimental. Cuando con el transcurso de las sesiones se va clarificando la causa del fallecimiento —suicidio— vamos pudiendo afrontar los motivos por los cuales esta persona sigue reviviendo una y otra vez esta dolorosa pérdida, viéndose impedida su puesta en circulación,  su reingreso en el circuito de la vida: la nota del suicida dejada sobre una mesa culpaba expresamente a la paciente del suicidio. Esta nota que desbrozamos sílaba a sílaba dejaba traslucir una patología subyacente en el suicida, lo cual descargó muy lentamente de culpa a la sujeto, hasta que finalmente nos despedimos. Del fallecido se podía despedir, pero era del dolor que su muerte le causó lo que había dejado a esa persona anclada, resecándose como la gota de resina, en un duelo patológico.

 

He de decir, pues creo que es importante y pertinente, que en ocasiones las gotas de resina adquieren tal grado de dureza y sequedad que se desprenden fácilmente del árbol donde habían estado adheridas: un pequeño toque con el dedo las hacen caer.

 

Las pérdidas son irremediables, todos en algún momento de la vida perdemos. Y no siempre estas pérdidas tienen que ser negativas. En ocasiones solo a través de la pérdida valoramos aquello que teníamos. Sin embargo no es sencillo aprender a perder. Los deportistas esta lección la deben aprender para poder rendir al máximo nivel tras un tropiezo, un fallo, un error, una derrota. De hecho, todo cambio implica una pérdida, incluso cuando son para mejor. Aunque se da el caso de que hasta en las ocasiones en que nos sacan una muela que nos impedía hacer una vida normal por el dolor que nos producía, inmediatamente tras el alivio la primera sensación que aparece es la de vacío. Y nos encontramos buscándonos con la lengua la muela extraída, hurgando en el agujero de lo faltante.

 

En una película, un fisioterapeuta —exjugador de fútbol americano— relataba a su interlocutor que si no hubiera sido por la lesión de su rodilla jamás habría podido encontrarse con su vocación de ayudar a otras personas. Este relato que voy a leer intenta ahondar en esta cuestión: cuánto de lo que somos y tenemos es gracias a lo que a lo largo de nuestra historia hemos perdido.

 

¿Perder es ganar?

 

Sudoroso, con los dientes apretados ocultando una rabia que le hace mascullar solo hacia dentro todo tipo de improperios, Jaime permanece quieto en las escaleras mecánicas que dan al andén, viendo cómo su tren se aleja.

Han sido apenas dos minutos. Suficientes para perderlo.

Se lamenta de no haber tenido su maleta preparada la noche anterior, de no haber previsto que tendría que pasar por el cajero para obtener dinero suelto para pagar al taxista. Se recrimina su falta de lucidez para prever los impedimentos que siempre se atraviesan en circunstancias límite: el excesivo tráfico, lo alejada que está de su casa la parada de taxis… Se culpa, se machaca, aunque sabe que esto no hará retroceder al tren por los raíles que empiezan a vibrar por el paso de las ruedas metálicas que desde lo alto de la escalera ve tomar velocidad.

Ha perdido el tren justo el día de la fiesta grande. Su chica estará esperando y él no se presentará. De nuevo tendrá que improvisar una excusa, un gesto, una mirada, una pose exculpatoria.

Quieto, empieza a preguntarse cada cuánto tiempo salen los trenes hacia su destino, si le reembolsarán la cuantía del pasaje. La punzada en el estómago se hinca profundamente en su organismo al pensar las veces que ha perdido algo. Se cruzan por su mente las llaves que extravió hace dos semanas, la espalda con la melena suelta de su exnovia el día que la vio marchar definitivamente. Todo lo perdido comienza a llamar a la puerta de su conciencia a timbrazo limpio.

Tras unos minutos detenido, congelado en una pétrea inacción, Jaime reacciona y se va quejoso a tomar aliento. Se sienta en un lugar apartado de la estación para recomponer su maltrecha circunstancia, a inventar algo que le tranquilice. No lo logra. Puede que ya no haya trenes hoy para Santiago. Puede que en pleno verano, aunque haya trenes, no encuentre billetes. En pleno día del Apóstol. En plenas fiestas. A 24 de julio. Solo a él se le ocurre perder el Alvia Madrid-Ferrol en una fecha como esa.

Fatigado por su cavilar, Jaime, entristecido, se levanta y encamina hacia su insulsa existencia, plena de fracasos. Sin nada que celebrar.

 

En los tratamientos también se producen pérdidas, renuncias, abandonos de posiciones infantiles, duelos que nos mantenían amarrados a puertos de maderas quebradizas y en emplazamientos recónditos. Personas que han de renunciar a un matrimonio fallido por el que lucharon infructuosamente, o que han de alejarse definitivamente de su autoconcepto de inferioridad que utilizaban defensivamente para mantener a un padre poderoso del que dependían en el lugar idealizado. Personas que debieron aceptar que su intento de sacar a una madre de su depresión o a un hermano del alcoholismo eran pretensiones desproporcionadas. Pérdidas dolorosas aunque inevitables que tras atravesar permitieron localizar su deseo de un modo más auténtico, más acorde consigo mismos. Pérdidas que una vez fueron elaboradas fomentaron sus ganas. Pérdidas que con trabajo produjeron ganancias.