Doy inicio con este escrito a una serie de artículos que versarán sobre el área de la salud, gracias a la amable y entusiasta invitación que me hace Masbrunete para colaborar en su andadura informativa. Tras analizar una batería de posibles temas a tratar, me he inclinado a abordar lo que a mi parecer es un elemento potenciador de enfermedad: la fobia al fracaso.

Definimos fobia al miedo desproporcionado a un objeto, estímulo o situación considerada amenazante que conduce a la evitación, a pesar de que no haya una explicación lógica que sostenga dicha reacción. Aunque seamos plenamente conscientes de que aquello que nos genera temor es irracional o absurdo, nos es imposible no tomar distancia de lo que nos aterra. Evitar situaciones temidas obliga al sujeto a excluir de su campo de acción aquellos lugares o situaciones donde se incremente la probabilidad de que ocurran, eludiendo reuniones sociales (fobia social), lugares concurridos, ascensores, alturas, exámenes… La necesidad de mantener nuestro equilibrio personal nos protege de los peligros percibidos o anticipados mediante esta clase de mecanismos psíquicos, los cuales nos cobran un peaje que pagamos en forma de sintomatología.

Aunque el fracaso no es considerado por los manuales actualizados de diagnóstico psiquiátrico una fobia propiamente dicha, me he decidido a incluirlo en esta categoría debido a una serie de motivos que me gustaría desarrollar de un modo sintético con ustedes. La proliferación de informaciones a que estamos expuestos de forma continua nos acorrala con mensajes diseñados cuidadosamente para influir en nuestra subjetividad, repercutiendo en nuestros intereses, miedos, deseos, opiniones… Somos influidos sobre qué es o no bueno y aconsejable, lo que necesitamos, lo que pensamos y sentimos. La utilización de modelos que ondean la bandera del éxito (en el deporte, la belleza…) nos estimula a una imitación o como mínimo a la admiración: se nos instiga a parecernos a ellos, describiendo el camino que ellos recorrieron; de este modo, queda al alcance de nuestra mano (ya sea manipulando el ratón del ordenador o la pantalla táctil) conocer al detalle cómo convertirnos en algo diferente -pero supuestamente mejor- de lo que somos. Esto nos aboca a un estado de perpetua insatisfacción. Puesto que todo es posible y no hay límites, eslóganes que golpean de continuo en lo más hondo de nuestra vulnerabilidad, si no logramos el triunfo es únicamente por nuestra culpa. El éxito es posible, solo hay que encontrar el tutorial de última generación que nos proporcione las claves que nos otorguen el don de la sabiduría o la obtención de una imagen corporal inmaculada: la ansiada perfección, en resumidas cuentas.

Pero para aprender y evolucionar (los profesionales de la educación por fortuna no flaquean en su empeño) es necesario fallar: solo mediante sucesivos intentos y equivocaciones vamos puliendo nuestro proceder y forjando nuestra personalidad. La única manera de no fallar es no actuar; y esta pasividad tiene graves repercusiones en nuestro desarrollo. Por miedo a equivocarnos, a fallar, a fracasar, a quedar excluidos de los grupos selectos ajustados a lo que la sociedad espera, vamos dejando de lado aquellas cosas que más nos ilusionaban, las que nos producían alegría y marcaban el rumbo de nuestra vida, de la que trágicamente muchos sujetos pueden acabar desconectando. Lejos de nuestros deseos más auténticos es complejo encontrar motivos para superar las inclemencias del día a día.

En medicina se denomina exitus al hecho de morir, quedando reflejada, con este término latino en el acta de defunción, la desaparición de la vida. Les invito a acompañarme con su lectura por algunos de los errores que de seguro iré cometiendo a lo largo y ancho del tránsito por estas incursiones literarias que espero proporcionen al lector unas briznas de alivio o al menos fomenten la reflexión que facilite sobrellevar las dificultades cotidianas.