Un poema nunca se acaba, solo se abandona.
Paul Valery

El acto de escribir implica aceptar la premisa de que lo escrito sobreviene, lo cual hace desprender algunos interrogantes: ¿desde dónde parte? , ¿sobre qué desemboca? Desde un ignoto punto de arranque , otro lugar es alcanzado. Podríamos describir este tra(b)yecto, esta traslación, esta letraslación —en palabras de Sergio Larriera— de diferentes modos: inspiración, arrebato, revelación, desocultamiento, letra como localización de goce, pasaje de lo inconsciente a lo consciente, de centro a ausencia , de goce a saber , de S1 a S2. En cualquier caso un trasvase, un encuentro tuvo lugar: lo escrito conforma el puente, espacio intermedio alzado sobre un precipicio . Lo que permanece entre las orillas. Desde una procedencia indeterminada (porque no hay término que pueda describir lo real) una forma de lenguaje arriba, concretizándose sobre el papel una inmaterialidad anclada a letras.
El texto no se basta a sí mismo, (…) está a la espera, en llamada, en deseo, de ecos, de respuestas de otros, de palabras (…) No es solamente Yo quien escribió .
El texto, siguiendo esta disquisición, es insuficiente por sí mismo, es parcial, fragmentario; lleva incrustado de serie la marca de la falta. La insuficiencia forma parte de su nomadismo. Viajero sin origen determinado, sabemos de él por su deslocalización, despojado del punto de partida; desahucio antirreglamentario del que el lenguaje nos anoticia, y que incluye una protesta, una reivindicación. Se trata de una pérdida, una disminución, una extracción que impulsó la errancia (por errante y errónea). En el hatillo, palabras. El texto establece un hueco en su interior, donde quizá quepa otro equipaje u otro compañero de viaje.
El significante es algo que puede ser borrado , vacío que da testimonio de una experiencia pasada; es borradura, tachadura del signo. La referencia de Lacan a la huella de Viernes borrada por Robinson es tomada para describir que el significante lo es porque barra al Otro, lo suprime, anula y reemplaza; y lo sujeta entre los significantes, los cuales delimitan al sujeto que se encuentra desvanecido ente ellos.
A partir del momento en que la huella es borrada, tiene sentido borrarla, lo que ha dejado una huella queda manifiestamente constituido como significado (…) Toda clase de significante es por su naturaleza algo que puede ser borrado. El significante es esencialmente hueco, deja que desear .
De ahí que la letra sea bastardilla, hija ilegítima de cuyo predecesor nada se sabe, autor difuminado entre líneas. Texto como intento infructuoso de apresar lo previo difuminado, escritura como representación de palabra , que está antes, y de la que intenta dar cuenta, fijándola. Escritura que da sostén a todos los goces que (…) subrayan que la relación sexual falta en el campo de la verdad porque el discurso que la instaura solo proviene del semblante.
La actividad de escribir aparece como una tentativa de reproducir o de representar el texto inconsciente; tentativa cuyo fracaso obligado debe fijar por sí mismo las reglas propias del ejercicio de la escritura .
Porque no hay término que suture la hiancia que no termina de cerrar, una incompletud se adhiere a lo escrito que arrastra por el folio —o lo real del cuerpo— la marca del exiliado: venido de lejos, no se sabe con concreción su procedencia, se hace (a)notar, reclama sus derechos, pide lo suyo, reclama su estatuto de cuidadanía: los papeles. Tal y como la cita de Valery revela, es imposible dar finalización a lo que el poema trae, siendo su único destino posible el abandono. No se ajusta a lo que se pretendía de inicio; no cierra, no encaja. Algo activo sigue bullendo en su interior una vez estampado el punto final: la falta; porque deja que desear, deja desear. La escritura tiende a infinito por lo tanto, quedando abierta la posibilidad. En la raíz de la palabra abandonar se hace referencia a la donación, dar a otro, dejar que sea otro quien se encargue. Si por una parte queda resaltado el desprendimiento, la pérdida, no es menos nítido en la escritura el factor de donación, suelta, entrega, constitución de un objeto puesto a disposición.
La reivindicación del texto escrito queda reflejada en la necesidad de establecer contacto con el lector, a quien embelesa o embalsama mediante el ordenamiento lingüístico. Su forma inconclusa es la fuente — ¿será casualidad que con este término se defina uno de los cuatro componentes de la pulsión descritos por Freud, y la forma de la letra?— que le impele empuje para dirigirse a la meta, objeto suplemento: la mirada de quien recorra el texto. Aunque no basta ser leído para que el texto cumpla su función, ha de poder arrancar algo de quien lo lea, hacer tambalear sus estructuras preconstituidas. La carta ha de cortar, la palabra es lo tajante . Arrancamiento que da cuenta de otro corte producido con antelación, extracción constitutiva del sujeto que en caso de no producirse deja el ser a merced del Otro como puro objeto de goce.
“Porque la letra implica una referencia a una zona específica del cuerpo” , el significante amo, S1, se aferra al cuerpo, mientras los S2 conforman el texto que al contar ocultan y señalan lo que cayó bajo la represión. Desde su yacente alineación, lo escrito hace lo posible para adquirir postura erguida y echar a andar en otros ojos, distintos de quien lo escribió, quienquiera que este sea, porque sucede que ni el escriba suele saberlo. Durante el momento de la lectura, escritor y lector comparten estancia: el texto es lugar de ambos, y de ninguno. Zonas comunes. Lituratierra de nadie el texto, vallado ente territorios demarcados: escritor y lector. No es frontera, es vacío . Tal es así, que el mismo proceso de lectura es también de escritura pues los planteamientos de quien aborda el texto escrito sufren dislocaciones, impactos, transformaciones. Al leer somos escritos, de nuevo. De regreso al texto nunca leeremos lo que en la primera toma de contacto descubrimos. De idéntica forma, el analista confrontado con el texto del analizante, va viendo reescribirse su propio texto, su propia hystoria fantasmática, que en su devenir profesional va adquiriendo matices, quedando pulverizados con el decir de su propio análisis y el de sus analizantes los puntos nucleares que sostienen su trama existencial. La transferencia como lugar donde tiene lugar la escritura, también es de nadie.
¿De quién es la marca en los cuartos traseros impresa a fuego a la res? ¿Del animal, del dueño? De ambos y de ninguno. Como los objetos pulsionales, en concreto el pecho: ¿es del niño o de la madre? Es ahí donde en el cuerpo quedó impresa la marca real que dice de otra cosa, trazo que emplaza a Otro, que sepa leer. Rasgadura disponible para la identificación. El significante es portador de la diferencia, inserta una ruptura en la continuidad. El texto, emergencia del símbolo, actualiza una diferencia que circula entre los significantes. El discurso del Otro, que marcará el cuerpo del parleser, es emitido desde la falta, origen del lenguaje, intento infructuoso de cancelar la carencia. Para Lacan este discurso del Otro es el inconsciente .
En una escena memorable, Russell Crowe, encarnando en la película Gladiator al general hispano, borra de su brazo el tatuaje distintivo de la legión . Con un trozo de hierro escarba en la piel, desmenuza lo real del símbolo para poder construir sobre otra letra un nuevo texto sobre su historia, tachadura que haga desaparecer aquella que le permitió mantenerse firme para poder desempeñar sus obligaciones bélicas. Caído ahora el general del lado de lo desechable, el símbolo ha perdido la capacidad de concentrar el goce del sujeto y proporcionarle identidad que sustente la subjetividad y la estabilice. Otra escritura ha de ser producida, otro relato, otra letra con otro argumento. El corte sucede en lo real. Lo que sale, sangre: esencia del ser, y símbolo del dolor. Hemorragia que da origen a una nueva escritura y elimina, sustituye a la anterior, ya inutilizable: de lo detestado hace nuevo texto, que posibilite otro testimonio. Lo traumático obliga a la recomposición escritural, otra trama.
La obra de arte (fotografía, pintura, película, música…) ofrece al observador un producto acabado: una conclusión es presentada. Mientras que el texto (literario, inconsciente…) implica un lector que aborde la obra expuesta con su propio aparato de descifrar: ha de poner de su parte (y deponer). Si la literatura atenta contra los ideales de la época, arremetiendo con su artillería lingüística contra lo absurdo, la repetición y la ignorancia, la poesía da un paso más y se revuelve contra el mismo sujeto conformado gramaticalmente en el axioma del fantasma. Apalancando los cimientos mismos de las estructuras lingüísticas, cabe la posibilidad de que otros rumbos se materialicen, también para el sujeto. La liberación que el texto produce se debe a que algo no quedó cancelado, y por lo tanto finalizado. Cabe otra lectura. El texto abre otra vertiente. El poema, con su animad-versión lingüística, nos confronta con el vacío de quedar despojados de los ropajes que los sintagmas identificatorios y estructurantes nos proporcionan y encaminan. Del mismo modo que la interpretación, violentan lo conformado que alienta el conformismo ansiado de la escritura inconsciente, siempre tendente a la perpetuación.
Entrelíneas, entre verjas se produce el contacto entre escritor y lector, contexto donde será efectuado el contrabando a lomos de la palabra: lo que de lo real puede ser rozado, entrevisto. Se abalanza el texto en busca de Otro que sepa decir algo sobre él, respuesta que se aproxime a dar resolución al enigma de su origen, desconocido por el autor. Que el Otro hable de él, que se adentre en su esencia, en la ausencia de significante que defina y confine al sujeto; que consienta desprender algo de sí, algunos significantes, lo cual denote el atravesamiento que el texto infligió al lector. La respuesta de éste constatará el efecto de intromisión: se produjo el pasaje, de uno al Otro. Tuvo lugar el encuentro. Ahora el texto existe, como resto acumulador de polvo curvando estanterías, depósitos de la nada que permanece tras el proceso de trasmisión, puro resto desprendido en función de objeto. Texto constituido (…) para colmar, borradura del corte . Texto que funciona como alfombra superpuesta sobre el roto de la subjetividad, tejido con textura de lenguaje. Flor tatuada sobre la cicatriz que desvela en su fealdad la inconsistencia del semblante para anular y desmentir lo inexistente. Objeto escritural como objeción a la nulidad del ser.
“Se puede sentir que el colmo del sentido es el enigma (…) Cualquier signo puede desempeñar, tan bien como la suya, la función de cualquier otro signo, precisamente porque puede substituirlo. Pues el signo no tiene alcance sino porque debe ser descifrado. Sin duda hace falta que, a través del desciframiento, la sucesión de los signos adquiera un sentido. Pero no es porque una dicho-mensión dé a la otra su término que ella misma deja al descubierto su estructura. Hemos dicho lo que vale el rasero con el que se mide el sentido. Llevarlo a su término le impide hacer agujero. Un mensaje descifrado puede seguir siendo un enigma. El relieve, o lo que sobra, de cada operación —una de ellas activa, la otra sufrida—, sigue siendo neto. (…) En el ciframiento está el goce, sexual ciertamente, está desarrollado en el decir de Freud, y lo suficiente como para concluir de ello que lo que implica es que ahí reside lo que pone un obstáculo a la razón sexual establecida, por lo tanto al hecho de que jamás pueda escribirse esa razón: quiero decir que el lenguaje deje de ella un rastro que no sea una chicana infinita”.
Es precisamente la traslocación, la rotura de las cadenas significantes en el lector, lo que promueve el proceso del decir. Otros decires posteriores entrarán a formar parte del juego una vez se hubo concretado la transacción con tintes de extracción. El texto irrumpió en el Otro, que no puede mantenerse idéntico a sí mismo tras la captación de la letra: dejó marca. (¿Cuartos traseros, la trastienda donde tiene lugar lo oculto, lo que permanece al margen de lo legible? ¿Será este el real que se infiltra del que esto escribe? ¿Los cuartos, los dineros, las estancias privadas donde tienen lugar los encuentros amorosos? ¿Cuarto vecino donde se producen las manifestaciones que se imponen al sujeto? )
El escrito es portador de una diferencia impresa con la pretensión de subsanar la distancia insalvable mediante el texto, pero siempre de modo parcial e incompleto, dejando que algo entre en fuga, se pierda. El lector por su parte también deposita algo, sus emplazamientos pierden solidez, se permeabiliza: se procedió al desalojo. Subrayados, anotaciones, rayajos, llaves, asteriscos: marcas, producciones, señales de que hemos pasado por ahí, que saboreamos el texto en el cual plantamos huella gráfica. Es precisamente el momento en que nos consentimos producir estos emborronamientos cuando hacemos nuestro el texto, nos apropiamos de él. En palabras de un analizante con estructura obsesiva: “Antes nunca escribía sobre los libros. Siempre los he tratado como si fuera a leerlos otra persona”. Intento sintomático de mantener impoluto su paso por la existencia, y así mantener a raya cualquier rastro de castración. Quedar inmaculado, no querer saber nada del deseo, que por fuerza ha de dejar manchas. En sucio, primer paso en todo intento de textualizar. ¿Y quién será esa persona que en la mente del analizante podría leer tales libros? Supuesto sujeto lector, en este caso con marcadas trazas de superyó.
Quien no pueda admitir la diferencia desestabilizadora que todo texto produce en las estructuras yoicas, quedará imposibilitado o inhibido para la escritura y la lectura —y posiblemente para establecer otros lazos sociales, pues nada de lo colectivo funciona sin intercambio, es decir, sin pérdida. Por parte del escritor, la dificultad provendrá de la no admisión del advenimiento de lo desconocido que en sí porta, surgido desde lo más éxtimo de su subjetividad; por parte del lector, porque lo insoportable de la angustia de abandonar su encastillamiento hará insufrible la intromisión del texto, ariete confrontado al puente, en este caso levadizo y en actitud defensiva. Leer es tunelar la valla fronteriza que separa zonas en eterno conflicto.
La lectura a la que nos referimos no consiste en un ligero paseo por el texto, sino un dejarse hacer, ofrecerse a la palabra venida de lejos, al modo del traductor que busca asimilar a otro idioma lo que el autor produjo, lo cual no puede ser resuelto sin que la falta quede inscrita: del mensaje original se desprenderán fragmentos, esquirlas, limaduras que harán imposible una superposición completa, un encaje total, lo cual sería más acorde al oficio de copista que del que arriesga: pone algo de su parte y quita al otro. No es pura su labor. Es mestiza, bilingüe. Hay que ser de ninguna parte para arrojarse a la traducción. Puede por tanto quedar en entredicho, única posición que se aproxima a lo real: lo que supura, se filtra entre los dichos. Es precisamente este trastoque lo que hace que el nuevo texto refulja con el esplendor de lo diferente. El traductor, de similar forma al psicoanalista, se presta al intercambio, se ofrece, se presta, se la juega; es letra pequeña. Hace revivir el texto al insertar su propia falta, fuente de deseo. Traductor que reduplica la primera traducción mítica, la que el autor llevó a cabo al poner en palabras su goce, tarea generadora de vértigo al refrendar lo fallido de la operación desde su mismo nacimiento. Porque la palabra miente, al decir: no capta la verdad de lo real, que es incognoscible. Pasar de un lado al otro, definición etimológica de traducir, connota la operación de arrastre, lo cual conlleva, si a cuestiones de remo nos referimos, callo. Lo que se calla. Y hace encallar.
“El problema que se plantea, entonces, es el de definir la posición del traductor en esta curva. Sin dejar de olvidar que por definición siempre será imposible alcanzar una adecuación perfecta ?pero, durante el tiempo que dura una traducción, nos contamos cuentos?, sin embargo es preciso que el traductor defina por sí mismo lo que quiere hacer pasar, y el dinamismo de una obra es una de sus cualidades principales. A fin de devolver, volver a dar, restituir, recobrar este dinamismo, esta corporalidad (cuerp-oralidad), todo lo que hace que un texto literario sea otra cosa que una combinación de palabras de las cuales podría muy bien encargarse, en rigor, una máquina, sin duda el traductor, a falta de una adecuación entre texto fuente y texto meta, debe embarcarse en una suerte de adecuación con el autor. La posición del traductor en esta línea que va de la copia a la adaptación (o reescritura) es evidentemente crucial” .
En el núcleo del psicoanálisis se encuentra hacer la diferencia. Dar cabida a la enunciación que en el enunciado no cupo, dar relieve al decir ajeno que en nuestro interior palpita pero que no percibimos como propio –porque es del Otro—, es lo que nos impulsó a ser psicoanalistas, campo de refugiados de nosotros mismos que no rechazamos lo incomprensible que nos habita, comanda o devasta. Lejos de proveer de fríos barracones (¿otra vez los cuartos, sórdidos y húmedos en esta ocasión?) con tejados de uralita a esos significantes desterrados, les extendemos la mano, porque se nos hizo imposible rechazar la pregunta de quién es ese que sueña en nosotros cada noche o que nos empuja a tropezar vez tras otra en la misma piedra. Sin duda es diferente a nosotros: superposición de imágenes y creencias a las que solemos llamar por nuestro nombre.
¿Qué quiere ese otro parasitario inconsciente, imparable, invasivo e irrespetuoso que no atiende a normas y razones, entrometido sin venir a cuento? Viene a contar, a decir; del goce. Es por esto y no por otra causa que los legos en materias psicoanalíticas nos pregunten de modo reiterado qué quiere decir esto que soñé. La respuesta es obvia: quiere decir, quiere su porción de Otro que admita, que sepa leer, descifrar goce condensado en cifra; ansía su jirón de escucha diferente, lo cual produce un vaciado en la significación anquilosada que pueda relanzar el proceso de escritura. Otra lectura. Fue mediante el ordenamiento en base a las leyes lingüísticas que se logró hacer pasar la mercancía en peligro de incautación hasta el otro lado. Reclama otra cosa, otro que diga. Inconsciente que, como escritor, llama al lector, que desprenda un decir de características diferentes al registrado sobre el lienzo del dormir.
Si pienso, todo me parece absurdo; si siento, todo me parece extraño; si quiero, el que quiere es algo que hay en mí. Siempre que en mí hay acción, reconozco que no he sido yo. Si sueño, parece que me escriben.
Si el inconsciente en palabras de Lacan es el discurso del Otro que ha permitido producir una elucubración de saber sobre el goce, será al Otro hacia quien sea dirigido, Otro que ha recortado del viviente, con la andanada de su batería significante, un pedazo de su subjetividad. Amputación que generará un deseo, si logra acertar a operar el significante del Nombre del Padre.
El analista ubicado en posición de lector, ha de estar dispuesto a flotar a la deriva en aguas de lo irreconocible —por no reconocido—, a dejarse impregnar por el decir del analizante; tiene irremisiblemente que mojarse. Salir de sus parámetros y convenciones, prejuicios y subjetividades que tienden a coartar el flujo discursivo. Entre el amasijo de dichos surgidos desde las posiciones firmes del analizante, una palabra irrumpirá de entre los hierros que apresan al sujeto en su ser constituido y estipulado, conforme a los ideales de la época y los mitos familiares que suministraron el sustrato lengüajero para su existencia (o su inexistencia) subjetiva. Entonces tendrá efecto la luxación, algo que desde los asentamientos yoicos de quien habla es percibido como rareza, extravío, improperio o locura. Advino lo remoto entre las fisuras de lo sintagmatizado, lo correcto; entre líneas se mostró el lenguaje del exiliado que ya no admite utilizar las formas gramaticales habituales del idioma del país de acogida, que no son las propias. Sonó el acento, lo que hace referencia al origen de cada cual. Habló lalengua. Habrá quedado entonces a disposición un nuevo texto a registrar. Solo si el psicoanalista se ofrece a la experiencia de detectar y escuchar este OVNI , este algo desconectado, cabrá la posibilidad de que la otra escena se represente. Si por el contrario nos dejamos abatir por la corrección, lo recto, la palabra apropiada, el viajero exiliado buscará calles más concurridas en las que pasar desapercibido. Quizá en el futuro lleguen tiempos más propicios para encontrar refugio. El arte del psicoanalista consiste en saber poner la llama de la cerilla en el punto exacto del folio transferencial en el cual el analizante va escribiendo con zumo de limón su discurso inconsciente camuflado entre los renglones a tinta. Si demasiado lejos, nada es legible; demasiado cerca, el calor hará prender lo escrito y todo quedará perdido. (¿Y para quién está siendo escrito este texto, seré yo el destinatario, o alguien desconocido?)
La pulsión refleja la diferencia entre satisfacción absoluta y el intento de recuperación en el Otro como plus de goce. El inconsciente podría ser definido como la elucubración de saber sobre aquello que hace gozar al Otro y promueve su deseo, lo cual apunta a su falla constitutiva: que lo diferencia. Dicha formación es el enjambre de significantes, aglutinándose en forma de sintagma en el texto del fantasma, sinopsis del sujeto que hace sinapsis entre lo real del cuerpo y lo simbólico-imaginario, significantes venidos del Otro que podrán llegar a configurar un deseo. Si la pulsión se engrana al cuerpo justo en los bordes por donde el Otro advino e intervino, y es por allí por donde el cuerpo busca el completamiento, el inconsciente, embajador que se superpone o engrana a lo pulsional, expande esta función mediante el uso de la combinación de los significantes, con los que pretende llevar a cabo la imposible misión de suturar la falta por medio de la puesta en circulación de estrategias lingüísticas. Inconsciente que trata de contenidos sexuales porque en este punto queda condensada la pregunta de cómo goza un cuerpo confrontado a su falla estructural. Este texto inconsciente otorga al sujeto la posibilidad de encontrar una posición que diluya la descomposición primordial constitutiva.
La diferencia irreductible que arroja el inconsciente impacta en la diferencia del analista, arrojándole al abismo de no saber, haciéndole perder los hilos, descarrilamiento angustioso que atenta contra el ideal, el rumbo prefijado: lo correcto, absoluto desconocedor de la verdad. Sabemos por nuestra experiencia clínica que lo último que se pierde no es la esperanza, sino la ignorancia. El analista amparado en su deseo quedará encomendado a la misión de no impedir el despliegue de la palabra plena que permita hacerse entender al sujeto del inconsciente. El semblante de objeto a que posibilite describir otros circuitos pulsionales, supuesto sujeto saber, dice de la condición de engaño necesario e inevitable: el analista conoce que el único saber que cuenta es el del analizante; este es su saber más preciado, y no la erudicción sobre el sufrir gozoso de quien consulta, del que solo pueden atisbarse piezas sueltas. El saber está del otro lado. Podría describirse un saber en fracaso . La erudición endurece la epidermis transferencial, produce aislamiento más que trato (lo cual sería en teoría lo deseable de todo tratamiento).
“La interpretación no da testimonio de ningún saber, pues tomándolo según su definición clásica, el saber se asegura con una posible previsión. Lo que han de saber es que, saber, hay uno que no calcula, pero que no por ello trabaja menos para el goce” .

La poesía no cree en el lenguaje al uso, no se encadena a las frases hechas, al discurso corriente, formal, arquetipado, predecible. Si es predecible es que forma parte de la cadena preconfigurada; no admite el entredicho. (¿Estará este texto escrito en cuarto creciente, el de mis padres, que aumenta su tamaño con el discurrir de los párrafos?) Es por esta descreencia en el lenguaje con fines comunicativos por lo que el poeta se ve en la tesitura de inventar nuevas opciones, otros rumbos, otros modos de decir. Las palabras, la gramática, la sintaxis quedan cortas para expresar lo apresado. De ahí que sea el lenguaje poético lo más próximo al discurso del inconsciente, al que el lenguaje común no le sirve más que como impedimento.
En relación a la escucha psicoanalítica, no es con el pensamiento con lo que ha de captarse el texto proveniente del analizante, sino ahuecando un espacio de incertidumbre al margen de las certezas del saber y sus conclusiones anticipadas y previsibles, todas del orden de lo reglamentado. Porque el deseo no se ciñe al saber. Serán las resonancias en el cuerpo lo que activará la in(ter)vención del analista, no como un interventor que fiscalice, sino como mediador que haga uso de su experiencia para producir el corte en el discurso mediante una invención que permita aflorar una verdad del inconsciente. Es en el cuerpo donde se aloja la diferencia, (fragmentación que en la esquizofrenia es palpable al no operar el Nombre del Padre) mientras que el pensamiento busca la adecuación, sentido, encaje, lo comprensible que no dé lugar a dudas; lo transmisible en base a las leyes lingüísticas.
Es por ello que esta última resonancia se produce en el cuerpo, en tanto este cuerpo es sobre lo que se apoya el goce y así se percibe que lalengua no está hecha para decir sino para gozar, y que ese es nuestro “canturreo”. Se puede captar aquí un desplazamiento de la dimensión del vacío y de la falta, ligados a la propiedad metonímica de la resonancia, hacia la dimensión del “No hay relación sexual” cuyo correlato es la singularidad, la marca en el sujeto de una singularidad .
Lo de fuera, motivo de toda xenofobia, no es explicable, se soporta en otros cimientos, no es descifrable sin el traductor que posibilite la intermediación. El corte en acto que el inconsciente presentifica pone de relieve dos espacios: algo de la ajenidad se adueñó de la enseña de lo propio, arrebató el estandarte unos instantes, el del lapsus, al legítimo propietario. Ahí habrá de operar el analista, sobre esa frase del texto. El síntoma construyó el pretexto para acudir a consultar sobre lo que aqueja y hace gozar al analizante; será desplegado entonces un decir sobre la falla en la cadena simbólica que no logra subsumir lo traumático, lo extraterritorial al discurso corriente, lo que del lenguaje quedó excluido del sentido. Lo irreconciliable con lo formalizado.
Es por este desajuste primordial, efecto del lenguaje sobre el cuerpo del viviente, que sea promovida una palabra textualizada, una voz, esgrito a la búsqueda del oyente capacitado para dar registro al decir inconsciente; decires con la pretensión de la inclusión en el Otro que desoyó, porque su amplitud semántica nunca alcanzará a englobar al ser naciente. La necesidad de normativizar impide lo incorrecto, lo raro, lo desigual, fomentando el aplanamiento, la obediencia, la adecuación en contra de lo que debería ser verdadera educación, permisiva con la esencia de lo propio del sujeto. Es precisamente esta fractura por lo que, por fortuna, quedamos excluidos del cuerpo del Otro formalizándose un deseo, que toma cuerpo, el lugar donde el no ser adquiere consistencia imaginaria, constituido sobre las zonas erógenas, “zonas marcadas por el hecho del corte, donde algo falta, insatisfacción esencial” que localiza los lugares del intercambio, por donde el otro se introdujo. Cuerpo erógeno sobre el cuerpo viviente. Zonas erógenas que remiten a otro cuerpo; sacar algo del cuerpo del otro, unas palabras, un objeto que permita relanzar la pulsión y establecer un circuito que canalice, función del texto del inconsciente. Generar una alteridad que diga del sujeto en falta, de la falta en ser que no encuentra término. Si el amor es el intento de neutralizar la experiencia de la falta mediante la (aparente) conjunción de dos fantasmas, y la sexualidad posibilita una identidad que diga de la posición adoptada en el encuentro entre los vivientes, la textualidad pone sobre la mesa que algo de lo que no cesa de no escribirse se niega a acatar tal destino de imposibilidad y se agita en busca de quien pueda, de modo fallido, cancelar la falta de escritura de la relación sexual. Si la zona erógena remite a una zona específica del otro cuerpo, la textualidad del escrito se dirige desde el autor al destinatario lector.
Escribir es primero una tentativa imposible de dominar el texto inconsciente. Pero tal vez la imposibilidad misma de esta tentativa permite al escritor reencontrar verdaderamente lo real .
Pero ¿quién es ese supuesto Otro al que hemos denominado lector? Sin lugar a dudas no nos estamos refiriendo al comprador compulsivo de best sellers que espera paciente en la feria del libro para obtener la firma deseada, triturador exhaustivo y sobradamente capacitado para con nuestro proceder con la escritura, consumidor acrítico conforme con su adquisición. O dicho de otro modo: ¿para quién sangra el general caído en el oprobio, para quién borra de su brazo el gladiador su marca de guerrero, aquella que quedará fuera de sentido a quien pudiera observarla? Es un Otro que desde el mismo autor fue generado, construido; Otro eficiente que permite la puesta en acto de la escritura porque se le supone la facultad de la lectura. Intento de Otro Otro. Supuesto sujeto lector. (¿Será para un lector ideal, que corresponda con el ideal del yo, para quien se ha ido edificando esta construcción?)
(…) pueden leer a Joyce, por ejemplo. Allí verán cómo el lenguaje se perfecciona cuando sabe jugar con la escritura. Admito que Joyce no es legible; ciertamente no se le puede traducir al chino. ¿Qué ocurre en Joyce? Que el significante viene a rellenar como picadillo al significado. Los significantes encajan unos con otros, se combinan, se aglomeran, se entrechocan —lean Finnegan's Wake— y se produce así algo que, como significado, puede parecer enigmático, pero es realmente lo más cercano a lo que nosotros los analistas, gracias al discurso analítico, tenemos que leer: el lapsus. Es como lapsus que significa algo, es decir, que puede leerse de una infinidad de maneras distintas
El manuscrito oculto durante décadas en un cajón, ¿busca al lector? Posiblemente no, y sin embargo ha sido este Otro lector supuesto el que intervino en la génesis de la escritura, Otro al que se le ha retirado la posibilidad de leer, Otro al que se le amputa el derecho a gozar de nuestro cuerpo literario quedando conformado un espacio propio al haberle sustraído el objeto. Una distancia fue creada, por lo tanto. Texto como acto de ruptura. O quizá Otro que lo encuentre póstumamente, retención que da cuenta de un intercambio posible, imaginarizado, fantasmatizado. Desdoblamiento, dislocación, apertura del circuito pulsional mediante el objeto escritural que permita que algo entre, que una diferencia se inscriba a través del tránsito por lo literario, que pueda leerse de formas distintas.
Es preciso remarcar que este alguien lector no tiene por qué ser alguien de encarnadura diferente a la nuestra. El mero paso del tiempo puede hacer que el propio escritor, al cabo de un periodo de tiempo —en ocasiones brevísimo— quede convertido en Otro al retomar su propio texto en posición de lector, lo cual relanzará su decir que adquirirá connotaciones de infinitud, motivo por lo cual opto, en este punto, por detener aquí la progresión, y así evitar que continúe extendiéndose por las siglas de las siglas.