En cualquier manual básico de psicología que trate sobre conflictos relativos a la comunicación, se hace hincapié desde las primeras páginas a la empatía, esto es, la capacidad -sumamente atrofiada y por lo tanto en desuso, hay que decir- de ponerse en la piel de la otra persona. Esta supuesta capacidad empática (supuesta porque es mucho suponer que tengamos la suficiente valentía y generosidad de desprendernos durante algún tiempo de nuestro queridísimo ego para adentrarnos un instante en una realidad diferente de la nuestra) pasa por llevar a cabo un elaborado proceso de contención, de escucha, de detección de las necesidades del otro, de espera, de apertura, de dar cabida a los deseos del nuestro interlocutor sin saturarle con opiniones, consejos y enseñanzas, emitidas con la mejor de nuestras intenciones. "Sabes lo que pasa" es una de las frases de moda que nos suelen propinar aquellos que saben, los que atesoran el saber completo sobre la existencia y sus vericuetos.

Un auténtico proceso comunicativo pasa por el transvase de información, no simplemente por el intercambio. No es que yo te hable a ti primero y, con posterioridad, tú me digas a mí, sino que algo de lo que yo te digo logre penetrar la muralla defensiva que constituye tu Yo e impacte en él; así como que yo sea capaz de recibir, de incorporar lo que tú me tengas que decir: hacerlo mío. Quizá un ejemplo clarifique algo la cuestión: una auténtica comunicación no es que yo te cuente a ti mis vacaciones de verano y en los pequeños espacios en que se detiene mi discurso para cubrir la imperiosa necesidad de tomar aire para seguir hablando, tú intercales como una daga las tuyas, seguramente más relajadas, provechosas, sin medusas ni legionela y con un clima excepcional. Hay transmisión pero no se ha consumado el intercambio. Superposición de monólogos: no es inter, no es entre. Nada entra. Lo común de la comunicación no ha sido puesto de relieve, más bien lo diferente. De ahí el regusto amargo que nos dejan algunas conversaciones, por más breves que hayan sido. ¿Agredir o compartir? No ser escuchados es un modo de ser agredidos: lo nuestro no es digno de ser tenido en cuenta.

Si he desarrollado esta breve introducción es porque detecto en la consulta pacientes con sintomatologías severas que en su discurrir cotidiano se encuentran imbuidos en conversaciones plagadas de buenos deseos que no hacen sino socavar su precaria estabilidad emocional. Uno de los consejos que nos suelen dar nuestros allegados cuando nos ven decaídos, haciéndose ostensible de un modo nítido nuestra frágil condición humana, es animarnos. Sin duda alguna todos estamos al corriente de los consejos de psicólogos, médicos y políticos sobre la importancia de una buena disposición anímica para el desenvolvimiento personal: nos aproxima al éxito, a lograr nuestras metas, a superar nuestras barreras. Y por supuesto, a recuperar la salud. Lamentablemente, en patologías importantes con un alto grado de componente depresivo, donde la melancolía se manifiesta en toda su crudeza y el sentimiento de indignidad neutraliza cualquier atisbo de vitalidad, cebándose la culpa por todos los rincones del ser, pulverizando toda posibilidad de que el paciente se trate a sí mismo con un mínimo de condescendencia que permita levantar la vista hacia el futuro; cuando el estado de ánimo se nos presenta en tal estado de devastación, animar al sufriente suele producir precisamente el efecto contrario al deseado. Lejos de generar ningún ansia de reconstrucción, de revitalización, la pura impotencia para dar respuesta a las buenas intenciones del otro, genera intensísimos sentimientos de culpa: "Me gustaría estar recuperado/a, no cargar a los demás con mi tristeza, dejar de ser egoísta y centrarme en vivir y punto… Pero no puedo". Esto hunde al deprimido aún más en las arenas movedizas de su desolación.

Estoy convencido de que las palabras de ánimo son en la mayoría de los casos pronunciadas con la intención de ayudar a dejar de sufrir a quien está padeciendo, queriendo introducir una visión diferente, menos pesimista y atormentada de su realidad. El problema surge, a mi entender, de la indefinición de lo que significa ayudar. Ayudar no puede ser nunca dar al otro aquello que creemos necesita, lo que pensamos que pueda venirle bien, sin habernos previamente cerciorado qué es eso que el otro quiere: cuál es su deseo. Para lograr esto no está de más llevar a cabo el auténtico acto comunicativo arriba referido.

He comprobado que la mayoría de las personas que sufren necesitan hablar. Para que la palabra se despliegue es preciso encontrar un interlocutor capaz de acoger aquello que sustenta el dolor, alguien con quien sentir que cualquier cosa, por más rara o espantosa que sea, tiene cabida. Un lugar sin prejuicios, donde hablar, reír, llorar… Ser quien somos, en suma. Estar atento a todos aquellos pequeños indicios que denotan las necesidades de quien se está expresando, es clave para que el discurso evolucione; y entonces, cuando la confianza se asiente, puedan aflorar con libertad las incoherencias, conflictos o traumas productores de sintomatología. Las desdichas de cada cual.

En múltiples ocasiones se habrán encontrado ustedes con información referida a la poca comunicación padres e hijos, lo cual produce verdadero desasosiego cuando nos enteramos de noticias sobre acoso escolar, maltrato infantil o abusos sexuales a menores. Quizá el fallo comunicativo influyera en que el conflicto no fuera atajado a tiempo: "Si me hubiera enterado antes", se lamentan los progenitores que han tenido la desgracia de que sus hijos sufran alguna de estas lacras que por desgracia asolan nuestra sociedad. Saber escuchar, interesarse y abrirse a lo que el otro tenga que decirnos, por más lejano que sea a nuestros ideales o principios, puede evitar que quien sufre añada peso al malestar con que ya carga. A veces con estar abierto es suficiente. Y estar cerca y saber esperar: entregar nuestro tiempo. Y esto es contrario a lo que la vida con sus múltiples exigencias nos demanda.